La caligrafía de Anneliesse era excelente, y eso que las condiciones en las que se desarrollaba su escritura no eran las idóneas. Las letras, cursivas, se desplegaron por medio del papel rugoso con total celeridad. Con grandes y alargadas eles, y puntos sobre las íes de lo más sofisticados, las frases hacían parecer que estaba escribiendo poesía en vez de una carta de rescate. La banda observaba con atención lo que la princesa escribía, puesto que podría ocurrírsele, de alguna forma, volver las tornas a su favor. Sin embargo, la chica no tenía forma alguna de hacerlo. Había sido conducida hacia aquella cueva con los ojos vendados, de forma que era imposible para ella saber donde se encontraba. De hecho, ni si quiera sabía si era de noche o día, en qué hora se encontraban e incluso si ya había pasado más de un día desde que fue secuestrada. Algo le decía que sí, o quizás todo se estaba haciendo demasiado largo.
Anneliesse se limitó a escribir lo que creyó conveniente, o lo que supuso que debía escribir en un caso como aquel. Explicó que estaba sana y que no había recibido daño alguno, aunque fuese mentira. Que estaba en un lugar seguro aguardando a que su padre cediera ante las exigencias de la banda, las cuales pasó a describir tal y como Gustav las había mencionado.
— ¿Así esta bien? — preguntó la chica con desgana. El papel voló de sus manos después de que Gustav se lo arrebatase y comenzase a leerlo aún más de cerca.— Perfecto — sonrió triunfal. — Ren, todo tuyo — Como una sombra, el mercenario se acercó de forma rápida, tomó la carta y se marchó. A la princesa le encantaría poder haber visto la forma en la que se marchaba, pero un cruce al final del túnel le impidieron saber cual era la salida. Ren desapareció tras aquella esquina, y ni si quiera pudo detenerle con palabras.
— ¿Qué va a hacer con la carta? ¿Cómo piensa dársela a mi padre sin que los soldados le capturen? — preguntó la joven con seriedad.
— Eso no es asunto tuyo. Tenemos nuestros métodos — se encogió de hombros el líder, introduciendo sus manos en el interior de los bolsillos de sus pantalones.
—¿Va a hacerle daño a mi padre?
— No estamos locos, princesa — intervino Iona. — Como ha dicho Gustav, nosotros tenemos nuestros métodos. Ocúpate de mantener la paciencia y nosotros haremos el resto.
— ¿Cómo podría creeros después de lo que ha hecho ese hombre? — señaló hacia la dirección en la que Ren se había marchado. — ¡Ha destrozado la ciudad! ¡Lo vi! — recordó. — Además, ya van dos ocasiones en las que ha aprovechado para agredirme y amenazarme. Insistís en que no me haréis daño, pero no para de ocurrir lo contrario. Sois unos sucios embusteros, y como hagáis daño a mi padre o a cualquiera de mis hombres os juro que...
— Gustav — Iona señaló al líder, a quien hizo gestos para que comprendiese que debía guardar silencio y acompañarla. Éste suspiró con pesadez. Tras negar con la cabeza, se acercó a la mujer y la acompañó hacia la misma esquina en la que el mercenario se esfumó. Anneliesse les observó con el ceño fruncido. Le hubiese encantado saber que era aquello de lo que iban a hablar, pero no pudo oírlos.
— ¿Queréis comer algo? — sugirió Kassad, manteniendo aún la educación y la compostura. — Tenemos... algo de carne seca y... creo que también queda algo de vino. Aunque no se si estáis acostumbrada a estas horas del día a beber vino — murmuró el hombre mientras rebuscaba en el baúl que quedaba más cercano a ellos. Al menos, ahora podía saber que debía ser por la mañana. Había pasado un día completo. — ¡Aquí esta! — Kassad extrajo un trozo de carne que tuvo que desenvolver. Se trataba de cecina de muy mal aspecto, por lo que Anneliesse compuso una cara de asco notoria. — Oh, claro. Entiendo. Esto no os hace justicia. Si probarais los caldos de verdura y carne que preparo de vez en cuando... No quisiera ponerme medallas, pero cocino de maravilla y...
— No quiero comer nada — gruñó la chica, haciendo el amago de ponerse en pie. Aiko se abalanzó sobre ella y la obligó a sentarse. Por si no fuera suficiente, la instó a volver a la silla, en la que ya tomaba las riendas para volver a atarla.
— ¡Eh! ¡Me estás haciendo daño! ¡Si quieres atarme hazlo de otra forma! ¡O en otro sitio! ¡Me duelen las muñecas de pasar horas así! — se quejó la princesa. La mujer comenzó a hacer gestos con las manos de forma muy violenta, gestos que la joven fue incapaz de entender. — ¿Qué quieres? — Aiko continuó haciendo gestos, exasperada. — No, no...
— No puede hablar — explicó Kassad, acercándose nuevamente. Aprovechó que el tocón se había quedado libre para sentarse en él. Ahora estaba a una altura menos que la de la joven, pero frente a ella. Apoyó su codo sobre su rodilla, y su barbilla sobre la palma de su mano. — Se comunica de esa manera — añadió. — Os está preguntando que donde preferís estar, por eso también señala a la cama. Os pregunta que si preferís estar allí — Anneliesse pestañeó sorprendida. ¿Cómo podía comunicarse de aquella forma tan tosca? ¿Y como la entendían aún así?
— No... aquí estoy bien, pero no soporto más las cuerdas en las muñecas, tras la espalda — murmuró. El hombre extendió sus manos e hizo un nudo suave sobre las mismas, para llevar la tanza restante hacia una de las patas de madera del camastro mal diseñado. No necesitó ponerse en pie, pues todo estaba tan cerca que con alargar los brazos fue suficiente.
— Lamento mucho todo esto. Valoro lo que hicisteis por mi en Ravahta, aunque ahora os sea imposible de creer — aclaró con un tono de voz cargado de pena. — No quisiera haberos dado esta imagen de mi, bastante calvario tuvo que ser para vos comprometeros con los Rajash por un malentendido ocasionado por mi culpa.
— Pues sácame de aquí — susurró la princesa inclinándose hacia él.
— No puedo, y ella puede oíros, aunque no hable — Anneliesse se mordió el labio. Era cierto. Al mirar a Aiko, encontró una mirada divertida en ella.
— ¿Por qué no puedes? ¿Es que te dan miedo esos hombres? — señaló ella hacia la esquina.
— ¿Gustav y Ren? No, no. Son compañeros míos, muy buenos compañeros. Llevamos demasiado tiempo juntos y hemos vivido muchas cosas. A veces toman decisiones en las que no estoy de acuerdo, como ésta. Yo pedí que no os secuestraran, pero Gustav así lo quiso. Llevamos una temporada un poco escasos de dinero y esta era la mejor forma de obtener una buena suma para poder irnos lejos — explicó. A la princesa le dio la sensación de que estaba hablado de más, por lo que prefirió insistir.
— Y os manchan las manos a cambio, a los dos — dijo, metiendo a Aiko en el saco.
— Es lo que significa formar parte de una banda ¿Sabéis? — sonrió con cierta nostalgia entre los labios. — Para vos, ser princesa y futura reina de Lynastis, implicó marcharos las manos por mi. Para nosotros, formar parte de Nihilia implica que nos las manchemos por todos. Somos como hermanos y nos ocupamos de que todo lo que hagamos nos beneficie, pase lo que pase.
— Pero esto es demasiado. ¿Te merece la pena dar tu vida por un plan de ese hombre? — insistió.
— Por Gustav merece la pena —. La solemnidad con la que Kassad pronunció aquellas palabras dejaron a Anneliesse sin palabras. ¿Cómo alguien podía decir algo así de otra persona? ¿Qué clase de amistad podía llevar a querer dar tu vida por alguien? No podía hablar, no supo como rebatir aquello, y el mercenario lo notó. Sonrío con ternura, comprendiendo que para la princesa aquello era difícil de entender. Aiko volvió a hacer gestos con las manos, mirando a la joven. — Dice que está de acuerdo.
— ¿También por... Ren? — preguntó con inseguridad.
— Vais a tener que disculpar a Ren también por lo que os haya podido parecer. Él es un hombre muy impulsivo, a veces temerario. Pero tiene buen fondo —. Aiko asintió. — No debe ser fácil para él relacionarse con alguien de vuestra posición, sobre todo después del trato que recibió durante años de personas como vos. Su padre y su hermano... — Rápidamente, Aiko se puso en pie y se colocó un dedo sobre los labios, ordenándole que guardara silencio. — Oh, bueno, quiero decir... — intentó corregir el rumbo de la conversación. Sin embargo, la mujer oyó suficiente. Suficiente como para atar, aunque fuera, dos sencillos cabos. Ren odiaba a los regentes de los reinos, quizá a los nobles. Puede que sólo los de Lynastis, o puede que a todos, a juzgar por como se entrometió en el combate entre Namur y Hardum. Y si los odiaba, era porque se había relacionado con nobles que le habían causado algún tipo de inconveniente. ¿Pero quienes? ¿Sus familiares?
— ¿Ren es alguien noble? — preguntó estupefacta.
— Oh, no. Yo no he dicho eso — Kassad se puso en pie rápidamente. — Es mercenario, ha tenido malas experiencias con los soberanos que han intentado darnos caza. Demasiadas experiencias — aseguró. Anneliesse suspiró. Quizás era solo eso y había pensado demasiado rápido, pero ocultaban algo. — Princesa... procurad relajaros ¿De acuerdo? — terminó por decir. — Con suerte, esto será muy rápido y volveréis a casa pronto. No volveréis a saber de nosotros, os lo prometo —. La chica se quedó pensativa. Claro que quería salir de aquello, pero no deseaba volver a su casa, a su habitación. Puede que Anneliesse no fuese capaz de entender el sentimiento que todos compartían en aquella banda con respecto a su líder, pero estaba claro que ellos no llegaban a entender lo que la princesa había llegado a sufrir por la simple razón de estar en palacio. — ¿Queréis vino al menos? —. Kassad ofreció la botella oscura que anteriormente extrajo del baúl.
— Yo no bebo — murmuró en voz baja. Pero, rápidamente, se arrepintió. — Bueno, está bien. — Gracias a la flexibilidad que ahora el mercenario le había aportado a sus ataduras, pudo tomar la botella ya descorchada con las manos unidas. Hacía tiempo que no bebía, y si Nero la viese, la mataría. Pero Nero no estaba allí. Sólo estaban la banda y ella, y no le pareció mejor momento para incumplir una pequeña promesa justo en ese instante.
----
— Gustav, tienes que controlar a Ren. Me prometisteis, cuando sugeriste este magnífico plan, que no haríais daño a la chica — gruñó Iona, haciendo aspavientos.— Y Ren no hace más que meter la pata, una y otra vez. ¿Se puede saber qué le pasa?
— Yo que se — Gustav se rascó la nuca, incómodo. Si había algo que no soportaba por nada del mundo, era una reprimenda de su compañera. De su mejor amiga. — Mira, el chaval es complicado, ya lo sabes.
— No es un chaval. Es un hombre. Fue un chaval cuando le conociste. Ahora es un tío que parece ser incontrolable, y que como se pase de la raya nos va a meter en un buen lío a todos. ¿Has oído lo que ha dicho? Ren le ha hecho daño. Y cuando se lo cuente a su padre, el precio por nuestras cabezas se duplicará — Iona se cruzó de brazos mientras daba pequeñas patadas contra el suelo. Estaba exasperada, dado que parecía ser la única que veía debilidades al plan que estaban llevando a cabo.
— Puede que sea una exagerada. Es una princesa, si se le parte una uña será capaz de pregonar a los cuatro vientos que ha sido a causa de un golpe nuestro, o algo peor.
— ¿De verdad lo crees? Porque a mi me parece que tiene razón. Ya viste cómo estaba Ren cuando volvió del bosque con ella. ¡No podíamos ni tan siquiera hablarle sin que nos gritara! Me da igual su pasado, sus relaciones con los nobles o lo que sea. O le dejas claro que debe dejar ese maldito comportamiento a un lado, o tu verás que haces. Yo no pienso formar parte de un grupo que se va a pique — comunicó con tono amenazante.
— Iona, de verdad... — suspiró.
— Toma cartas en el asunto de una puta vez, Gustav. Parece que te da miedo hablar con él. Tú eres el líder, el hombre que le entrenó. ¿O prefieres que lo haga yo?
— No me da miedo, maldita sea — gruñó esta vez el líder, ofendido de que le viese como a alguien débil o inferior. — Lo haré, lo haré, joder. Cuando vuelva le dejaré claro que debe ir con cuidado.
— Y cuando todo esto termine, hablaré yo contigo.
— Eso suena muy sexy — aseguró, con tono y sonrisa burlonas. Sin embargo, Iona no se reía. Al contrario, la exasperaba aún más.
— No, no lo es. Así que espero que vayas replanteándote ya otra forma de sacar adelante a esta banda que no sea aspirar, cada vez más, a un plan más peligroso y complicado. Robar era una cosa, secuestrar a princesas... Ahí te has pasado.
— ¿Qué puedo decir? Soy un hombre con altas aspiraciones.
— Pues ten cuidado con tus aspiraciones, Gustav. O nos acabarás condenando a todos algún día.
Comentarios
Publicar un comentario