Anneliesse nunca antes se había visto arrastrada por una fuerza tan descomunal como la de aquel río. La corriente fluía feroz, tan brava, que cuando la princesa pudo comprender que se había metido en un problema, entendió que tendría que sortear las enormes piedras que servían de obstáculos si no quería correr más peligro. Pero la tarea era difícil, no sólo se ahogaba si perdía la estabilidad, también estaba nerviosa y horrorizada. La situación que acababa de vivir era tan inusual, que parecía sacada de una de sus más profundas pesadillas. Sentía ganas de gritar de puro terror, incluso llorar de miedo, pero los constantes golpes y sacudidas que provocaba la corriente no se lo permitían.
Al alzar la vista, observó que el mercenario corría su misma suerte, o peor. Instintivamente, la chica comenzó a mover los brazos para intentar salir del flujo. Braceó hacia un lado, sufriendo como consecuencia grandes golpes de agua contra la cara, la cual se le metía por todas partes, incluso por la nariz. El vestido tampoco la ayudaba. Tenía tantas capas y pensaba tanto, que las telas tiraban de ella tanto como la corriente.
De repente, una enorme piedra apareció en el camino. Sin tan siquiera llegar a comunicarse, el hombre y la chica pensaron lo mismo. Aprovecharon su enorme volumen para detenerse, de forma que cuando estuvieron cerca, ambos impactaron contra la roca. Ambos profesaron un quejido por el golpe, para seguidamente, aferrarse a la piedra como si les fuera la vida en ello. —Hay que salir de aquí —dijo Anneliesse casi sin aliento. La orilla del río no estaba demasiado lejos, pero la fuerza de la corriente era tan grande, que llegar hasta ella la hacía ver demasiado lejana. Sin mediar palabras, el mercenario tomó a la mujer del brazo, para después lanzarse hacia la orilla. Se bastó de unas brazadas gigantescas para alcanzar la mitad del trayecto. Después, haciendo acopio de fuerzas y quejidos, llegó a pisar la orilla, sobre la que acabó arrodillándose abatido. Anneliesse hizo prácticamente lo mismo. El frío y la humedad la calaron hasta los huesos. Las piernas le temblaban tanto, que supo que si se ponía en pie caería. Tuvo que colocar sus manos sobre el suelo, de hecho, para no terminar besando la tierra.
—Tú... —murmuró con odio el hombre. —¡Todo esto es tu maldita culpa! —vociferó, poniendose en pie lentamente. Desde su enorme altura, la observó con un odio rebosante. La princesa casi no podía mirarle, solo podía centrarse en respirar. Además, los cabellos húmedos le caían por todas partes y el vestido, ahora, pesaba más que antes. Era imposible moverse. —¡Todos los malditos nobles sois iguales! ¡Todos tienen que pagar por vuestros estúpidos deseos!
—Yo no... yo no... —no podía hablar.
—¡Cállate! —la señaló. —¡Ponte en pie ahora mismo! ¡Vamos a volver antes de que por tu estúpido paseo pongas en peligro mi paga y la de mis compañeros! —su voz martilleaba en el interior de la cabeza de la chica a golpes, quizá por ello le daba vueltas. O quizás porque, en solo una noche, demasiadas veces le habían gritado y demasiadas veces alguien se había puesto en contra de sus decisiones. Con un enorme tembleque, Anneliesse se puso en pie. Se separó los mechones mojados que tenía sobre la cara, al menos los más voluminosos. Ahora sí podía ver a ese hombre... y su rostro daba auténtico miedo.
—Esto no es culpa mía. Tú te pusiste en medio —ésta vez, fue ella quien señaló a él. —Si me hubieses dejado ir, nada de esto habría pasado. ¡Pero no! ¡Tenías que interponerte y detener mi camino! ¡Tenías que invocar a esa... esa cosa, y echar a perder la única oportunidad que tenía de largarme!
—¿Crees que yo he invocado esa cosa? ¿Quién te crees que soy? ¿Un hechicero?— preguntó con asco. La princesa abrió los ojos con sorpresa y terror. Si él no había invocado aquel espectro...
—¡¿Entonces que demonios era eso?!
—¡Algo que debería haber dejado que te atacase! ¡Al menos yo no estaría aquí! —rugió. La princesa apretó los puños. Estaba totalmente perdida. Lejos de casa, lejos de alguien en quien confiar y en mitad de una situación que ni si quiera llegaba a comprender. Estaba con un hombre que profería gritos en tono violento y que no hacía más que maldecirla como nadie nunca se había atrevido a hacer. La idea de seguir adelante, sola, en mitad de aquel bosque, era algo terrorífico. Si seguía adelante podría volver a encontrarse con aquel ser... pero si no, volvería a toda una vida de encierro, sometida a hombres que estaban siempre por encima de ella. Si tenía que valorar, lo último le daba más pavor.
Sin decir nada, comenzó a caminar. Estaba cansada, agotada de todo cuanto había vivido Lo último que quería era seguir hablando con ese insolente. Y sin embargo, éste actuó como sospechó. Al comprobar que la mujer comenzó la marcha sin decir nada, aprovechó el tenerla cerca para empujarla hacia atrás. El golpe fue contundente, tanto que la hizo tambalear. —¡¿Qué diantres estás haciendo?! ¡No me toques!
—¡¿Dónde te crees tú que vas?! —El hombre dio un paso hacia delante, imponente. A la chica no se le pasó por alto que su hombro estaba herido y sangraba, aunque el mercenario, de momento, parecía no darle importancia.
—¡A seguir mi camino! ¡El que intentaste impedirme antes!
—Ni hablar, vas a volver con los soldados y vas a llegar a Ravahta a la fecha prevista. No vas a darme más problemas —La furibunda joven volvió a intentar tomar el camino, el que seguía la corriente del río, y una vez más, el mercenario la empujó. Ésta vez sí, cayó al suelo.
—¡Te he dicho que no me toques, maldito arrogante! —Anneliesse se puso en pie de nuevo. —Te he dicho que voy a largarme ¡No voy a volver! ¡Y me da igual tú y tu maldito grupo de mercenarios! ¡No vas a quitarme mi oportunidad! —ésta vez, echó a correr.
Y fue lo peor que pudo hacer.
De un sólo toque, el hombre la agarró del cuello hasta estamparla contra el robusto tronco de un árbol. Anneliesse sintió la presión de sus dedos enguantados sobre su piel, la falta de aire en su garganta. No podía respirar. Intentó dar patadas, pero el pesado vestido no la dejaba alzar las piernas. Intentó, con sus propias manos, apartar la del hombre. La tenía alzada, incluso por encima de él. Cada vez apretaba más. Cuando le miró, vio en él, oculto bajos sus mechones húmedos, tan negros como la noche, una mirada terrorífica escondida detrás. La presión en su estómago, el ardor que la quemaba por dentro como auténticas llamas, se intensificó al momento. No aguantaba más, se sentía desfallecer. —Por... por favor... —alcanzó a decir, derramando una lágrima que cayó sobre el guante. ¿Así acabaría todo? ¿Asesinada por un mercenario? ¿Y que pasaría si ella moría? Se lo había preguntado tantas veces... en tantas ocasiones... y por primera vez, sintió preocupación de verdad sobre las consecuencias. Quizás Nero siempre tuvo razón...
Miró a los ojos de aquel hombre por última vez, y juraría, que de alguna forma, escuchó una voz. Quizá un pensamiento. Fue algo... algo muy raro. El mercenario la soltó de golpe, como si un rayo le separara, dejándola caer contra el suelo. Y rápidamente dejó de pensar. Un golpe contundente contra su cabeza fue suficiente para dejarla sin razón. Todo se volvió oscuro muy deprisa.
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