Anneliesse no alcanzaba a entender qué era lo que hacía tanta gracia a la banda. Habían traspasado la frontera de Lynastis a toda prisa, pisoteando las normas y llevándose por delante a dos soldados que habían intentado frenarles el paso. A todas luces, cada vez estaban más y más sumidos en un enorme problema, y sin embargo reían y se carcajeaban de lo que ellos creían una hazaña. ¿Cómo y bajo qué circunstancias habían adquirido esa forma de pensar? ¿Ere carácter salvaje que parecía hacer desaparecer cualquier temor ante cualquier consecuencia. Quizás era aquella actitud la que hacía que saliesen prácticamente ilesos de cualquier problema, que sorteasen los obstáculos sin apenas despeinarse, de forma que la princesa tuvo que llegar a preguntarse si quizá por ello debía envidiarles.

— ¡Bien, bien! — gritó Gustav, haciendo que todos se detuviesen. Habían dejado atrás la línea fronteriza hacía un buen rato, de forma que ahora atravesaban enormes campos de rosas, aparentemente solitario. Nada por los al rededores parecía indicar que aquellas tierras se estuviesen cultivando en aquel momento, por lo que se encontraban solos, abrazados únicamente por la inmensidad de colores rojizos bajo el sol, que tímidamente comenzaba a asomar entre las nubes. — ¡Bueno, no se puede decir que nos haya ido mal! ¡Ahora tenemos un carro! — sonrió triunfal Gustav, bajando del caballo. Todos comenzaron a hacer lo mismo a la vez. — Siguiente paso en esta misión — anunció, frotándose las manos y caminando hacia Anneliesse. — Renegociar.

— ¿Cómo piensas hacerlo si a cada paso que das estás mas lejos de Lynastis? — preguntó la chica con seriedad, intentando obviar el dolor entre sus piernas.

— Bueno, para eso tenemos a Ren — señaló al mercenario.

— ¿Otra vez? — preguntó éste, visiblemente molesto.

— ¿Cómo vamos a hacerlo si no? ¿Deshacemos el camino recorrido y dejamos a la princesa en las puertas de palacio? — preguntó Gustav de mala gana. — Sólo será una vez más. Rápido, conciso, que se entienda el mensaje.

— Es peligroso — se limitó a contestar Ren. — Hemos tenido que perder una de nuestras guaridas por dejar pistas de nuestra posición.

— Por eso te he pedido que sea rápido — Ambos hombres se mantuvieron la mirada durante unos segundos. Anneliesse llegó a captar una especie de lucha silenciosa, una serie de mensajes que sólo ellos dos pudieron llegar a entender. Al final, fue Ren quien apartó la mirada primero y cedió.

— Tú, ven. Los demás, apartaos — El mercenario tomó el brazo de la princesa y la atrajo hasta él, lo hizo tan rápido y de forma tan violenta, que la chica no tuvo tiempo de negarse. Además, el vientre comenzó a arderle de nuevo, justo en el momento en el que parecía que aquella sensación había empezado a calmarse.

— ¡Eh! ¡Suéltame! ¡¿Qué haces?! — Anneliesse intentó zafarse de su agarre. La tenía inmovilizada entre su pecho y su brazo, del que no encontraba manera de apartarse. El mercenario desenvainó su katana y la colocó muy cerca de su cuello.

— Ahora vas a estar quieta y callada — le ordenó sin necesidad de alzar la voz debido a la cercanía que compartían. — Una palabra de más, un paso en falso y la hoja se clavará en tu piel ¿Te queda claro? —. La mujer no contó con el tiempo suficiente para responder, pues en un abrir y cerrar de ojos, se vio envuelta en una especie de burbuja. Tuvo que pestañear varias veces para asegurarse de que no estaba soñando, pues ante ella, los enormes jardines principales del palacio de Lynastis se dibujaron, y no cabía duda de que eran ellos. La enorme fuente principal, las escaleras divididas, los setos recortados en graciosas formas, el sistema de riego artificial... Era su hogar, pero ella no estaba allí. Se quedó muda, sin aliento, al no tener forma de darle una explicación razonable a aquellos poderes. 

— ¿Quién eres tú? — susurró la chica. Ante aquella pregunta, sintió que Ren acercaba más aún el filo de la katana a su cuello. 

Ante ellos, apareció Nero. Fue extraño, porque apareció rápidamente, como si supiera que ellos estaban allí aguardando de alguna forma. El Aegis bajó las escaleras del jardín a paso rápido. Su rostro era la viva imagen de un hombre cansado, dolido y preocupado. Incluso parecía más mayor. — ¡Ann! — gritó, acercándose rápidamente hacia la pareja. La chica tuvo el impulso de moverse, pero nuevamente fue retenida. 

— No corras. Él no está aquí — volvió a indicar Ren, para alzar la vista y encarar al Aegis. — Anneliesse está sana y salva, como puedes comprobar.

— ¡Malnacido! ¡Disfruta de tu último día bajo la luz del sol porque voy a encontrarte! — Le amenazó Nero. Sus gritos alteraron a los soldados, que poco a poco se aglutinaron tras él para comprender qué era lo que ocurría u ofrecer sus fuerzas en caso de que fuera necesario. Incluso Reginald apareció en la zona superior a las escaleras.

— ¡Nero! ¡Mi hija! — gritó el rey, incapaz de hacer nada al respecto.

— No temas, Reginald. Anneliesse estará en casa hoy mismo — aseguró el Aegis. Su voz sonaba desquiciada, tanto como se mostraban sus ojos. La princesa jamás había visto a su tutor de aquella forma.

— No tan rápido, Aegis. Síguenos y te juro que será ella quien no vuelva a ver la luz del sol — amenazó Ren. Ésta vez sí, la chica sintió el frío helado del arma en su cuello. — Tú eliges.

— ¡Maldito seas! ¡¿Qué quieres?! ¡Devuelve a Anneliesse! ¡Éste es su sitio! — insistió Reginald. A pesar de que tenía los ojos húmedos y las manos temblorosas, a la chica no se le pasó por alto la forma en la que había formulado su ruego. ¿Aquellas eran las palabras que utilizaría un padre preocupado por la salud de su hija, sólo porque es su hija y no por lo que porta? Tenía dudas.

— ¡Diez mil denas! ¡El precio por ella ha subido a causa de tu atrevimiento! — Señaló Ren a Nero. — El próximo acercamiento lo pagará ella — perseveró en su empeño de que quedase claro. — Dentro de tres días haremos el intercambio. Debéis llevar el dinero al valle de molinos al norte de Roserund. Cuando entreguéis el dinero, tendréis a la princesa — aclaró.

— ¿Otro cambio? ¡¿Juegas conmigo, sucio mercenario?!

— ¿Prefieres quejarte? — el tono de Ren volvió a ser amenazante. — Sobra decir que no quiero trucos. El intercambio será limpio, sin trampas. Nos daréis el dinero, nos iremos y tendréis a la chica de vuelta. Sin persecuciones, sin magia — añadió.

— Nero... Estoy bien, tranquilo— murmuró la chica. Estaba agobiada, y no por el miedo, sino por la incertidumbre que provocaba la situación. Nero no parecía atender a razones y la chica sentía que aquello iba a jugar en su contra. Además, el ardor del vientre no paraba de crecer cuanto más tiempo transcurría en el interior de aquella proyección. A aquellas alturas, sentía un auténtico infierno en su interior.

— Ya lo habéis oído. Tres días — mientras Ren expresaba sus últimas palabras, la presión que ejercía con la chica contra su cuerpo se debilitó. Anneliesse notó que temblaba. Incluso sudaba. La proyección no tardó en romperse, y en cuanto lo hizo, ambos se separaron como si un rayo hubiese caído entre ellos. La princesa cayó de rodillas, llevándose una mano al vientre. Ésta vez no pudo ocultar su dolor.

— Me quema... — se aquejó, mordiéndose  la lengua de tan terrible molestia. Al girar su rostro, vio a Ren en una posición parecida, cansado y abatido entre las rosas. Se sujetaba el vientre con el mismo dolor que ella. Durante unos instantes, se miraron de una forma en la que, hasta entonces, no lo habían hecho. Dejaron a un lado el odio y la violencia para dar paso a la incomprensión y la extrañeza. 

— Eh, eh. Venga, ánimo — Gustav intervino rápidamente. — Descansa, muchacho. Lo has hecho bien — Ayudó a Ren a ponerse en pie con rapidez. — Tenemos que irnos de aquí, estamos demasiado expuestos. Además, tenemos que irnos ya si queremos llegar al anochecer al refugio que está al este.

— ¿Allí?—  preguntó Iona, insegura. De la misma forma que Gustav, trató de ayudar a Ren a llegar hasta su montura. — Hace demasiado tiempo que no vamos. ¿Seguirá siendo seguro?

— Es nuestra única opción — Gustav estaba serio. Por una vez, dejó la sorna a un lado. — Además, ¿Qué mas da? Le meteremos fuego en cuanto nos vayamos a ese también — terminó por decir, con una mueca de disgusto, expresada justo en el momento en el que miró a Annelisse. Estaba claro. Si ella veía el refugio y lo ubicaba, ya nunca sería seguro para ellos. — Andando. Cada vez estamos más cerca del final.

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